Para que no nos quepa duda de que la eternidad existe, en València todos los meses de agosto se desarrollan igual: la gola del Perellonet sigue goteando las aguas sucias de la Albufera para los bañistas, el esqueleto muerto del nuevo estadio del Mestalla recibe un nuevo, pero inerte empujón inversor y las imprescindibles obras a zanja abierta siguen descubriendo que la capital del Turia tuvo alguna vez tranvía. El tranvía fue como estos coches eléctricos de hoy cuya misión es salvarnos del cambio climático, pero público y sin baterías internas contaminantes. Ojalá la transparencia del Ajuntament contara cómo fue el caso histórico de enterrar los raíles para siempre y quién y por qué decidió imponer autobuses de gasolina que durante décadas han estado ahum ando al azufre los pulmones de los ciudadanos y los edificios, además de sangrar las arcas municipales con los altibajos de su cotización y diversas comisiones que la simplicidad del mecanismo eléctrico del tranvía hubiera evita...
Cuando Fernando Fernán-Gómez mandó “a la mierda” a varias personas ante una cámara de televisión, mucha gente se reconfortó de poder bajarle de su pedestal y vengarse de sus imperdonables triunfos. Siempre tengo miedo cuando un gran hombre da, por una pequeñez, ocasión a la mediocridad de castigarlo por su grandeza. El actor dio pie para que la liga de los mediocres disfrutara de la imagen de un ser como todos los demás, como ellos. Pero no debemos confundir las palabrotas con la vulgaridad. El ideal para cualquier hombre inteligente sería mandar al prójimo al infierno. La vulgaridad la encontramos más bien en esa señora que le pregunta a su asistenta cómo ha roto el asa de una taza, como si fuera de interés científico saber qué método ha seguido. El componente tabú de las palabrotas es sin embargo muy útil. Permite significarse ante lo que no nos gusta o ante lo que nos gusta muchísimo. Sirve para insultar y, mejor todavía, para aliviarnos de una frustración....