Cuando Fernando Fernán-Gómez mandó “a la mierda” a varias personas ante una cámara de televisión, mucha gente se reconfortó de poder bajarle de su pedestal y vengarse de sus imperdonables triunfos. Siempre tengo miedo cuando un gran hombre da, por una pequeñez, ocasión a la mediocridad de castigarlo por su grandeza. El actor dio pie para que la liga de los mediocres disfrutara de la imagen de un ser como todos los demás, como ellos. Pero no debemos confundir las palabrotas con la vulgaridad. El ideal para cualquier hombre inteligente sería mandar al prójimo al infierno. La vulgaridad la encontramos más bien en esa señora que le pregunta a su asistenta cómo ha roto el asa de una taza, como si fuera de interés científico saber qué método ha seguido. El componente tabú de las palabrotas es sin embargo muy útil. Permite significarse ante lo que no nos gusta o ante lo que nos gusta muchísimo. Sirve para insultar y, mejor todavía, para aliviarnos de una frustración....