Para que no nos quepa duda de que la eternidad existe, en València todos los meses de agosto se desarrollan igual: la gola del Perellonet sigue goteando las aguas sucias de la Albufera para los bañistas, el esqueleto muerto del nuevo estadio del Mestalla recibe un nuevo, pero inerte empujón inversor y las imprescindibles obras a zanja abierta siguen descubriendo que la capital del Turia tuvo alguna vez tranvía. El tranvía fue como estos coches eléctricos de hoy cuya misión es salvarnos del cambio climático, pero público y sin baterías internas contaminantes. Ojalá la transparencia del Ajuntament contara cómo fue el caso histórico de enterrar los raíles para siempre y quién y por qué decidió imponer autobuses de gasolina que durante décadas han estado ahum ando al azufre los pulmones de los ciudadanos y los edificios, además de sangrar las arcas municipales con los altibajos de su cotización y diversas comisiones que la simplicidad del mecanismo eléctrico del tranvía hubiera evita...