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Pennsylvania Polka



Para que no nos quepa duda de que la eternidad existe, en València todos los meses de agosto se desarrollan igual: la gola del Perellonet sigue goteando las aguas sucias de la Albufera para los bañistas, el esqueleto muerto del nuevo estadio del Mestalla recibe un nuevo, pero inerte empujón inversor y las imprescindibles obras a zanja abierta siguen descubriendo que la capital del Turia tuvo alguna vez tranvía.


El tranvía fue como estos coches eléctricos de hoy cuya misión es salvarnos del cambio climático, pero público y sin baterías internas contaminantes. Ojalá la transparencia del Ajuntament contara cómo fue el caso histórico de enterrar los raíles para siempre y quién y por qué decidió imponer autobuses de gasolina que durante décadas han estado ahum



ando al azufre los pulmones de los ciudadanos y los edificios, además de sangrar las arcas municipales con los altibajos de su cotización y diversas comisiones que la simplicidad del mecanismo eléctrico del tranvía hubiera evitado.


El llamado gran escándalo de los tranvías fue una conspiración que sucedió en los Estados Unidos entre los años 1930 y 1950. Los hechos se juzgaron en los años 1970, contra la General Motors y otras empresas relacionadas con la fabricación de automóviles y con el petróleo que compraron los tranvías de muchas ciudades, para posteriormente desmantelarlos y dar así preferencia a la compra de autobuses y automóviles que fabricaban.


Este hecho es popularmente desconocido en España, donde la gente preferimos tradicionalmente molestarnos unos a otros con nuestras opiniones bajo la libertad del bar a exigir públicamente razones que se amortiguan bajo finas láminas de burocracia. Por supuesto que la movilidad del tranvía se vio reducida por la cantidad de coches imprescindibles para acudir en persona a los grandes almacenes situados estratégicamente en cómodos polígonos, una de esas pescadillas que se muerden la cola y que dan la razón a la sinrazón de crear baterías de tóxico plomo-ácido, niquel-cadmio o ion-litio.


En ese mismo juego de vendernos lo de siempre, pero muchísimo mejor, dónde va a parar, tenemos la novedad del poli-amor, es decir, el amor libre de los 70, pero amaestrado, exento de ideología contra-cultural. Si algún día tuvo ideología, claro, porque mi hermano se dedicó en esa época a dar rienda suelta a las deliciosas exploraciones de la pareja abierta hasta que su otra costilla vio el cielo bien abierto en la monogamia consensuada de toda la vida desde que el emperador Augusto la instituyó por contrato, debido a que la contaminación del agua por el plomo de los acueductos empezó a mermar la capacidad reproductiva de los ciudadanos del imperio romano.


Tengo que sumar a esto toda la ignorancia voluntaria acumulada por siglos que, gracias a las redes sociales y la celebración de las Olimpiadas, se manifiesta en creencias estadísticas todavía arraigadas acerca de la superior potencia muscular de la etnia negra o de la supuesta igualdad física de hombres y mujeres. En las Olimpiadas nadie piensa mucho excepto para crear esos sofisticados juegos de palabras entre los nombres de los competidores asiáticos y diversas actividades fisiológicas.


Si usted es de los que cree que el león o el águila son los reyes de la naturaleza, esté tranquilo porque encaja perfectamente en los intereses de este mundo. Yo no, porque cuando se construyó en Berlín el gran recinto con arena del desierto y acantilados amarillos para los leones sé que se hubiera conseguido el mismo efecto con un diorama y leones disecados, dada la holgazanería natural de este depredador. También las majestuosas águilas destacan por demostrar una estupidez superior a la de un ave de corral o un papagayo.


¿Cuáles son los animales realmente miserables y dignos de lástima en cautividad? Todos aquellos con capacidades psíquicas para los cuales la estrechez de una jaula no puede satisfacer su curiosidad ni sus deseos de moverse. Los que no encuentran más que un alivio pasajero en el alcohol y que tras varias legislaturas ven que el mundo no sólo no ha avanzado, sino que les arrastra junto a una legión de idiotas hacia la despiadada eternidad del día de la marmota.



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