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¡A LA MIERDA! -Publicado para el diario Levante


Cuando Fernando Fernán-Gómez mandó “a la mierda” a varias personas ante una cámara de televisión, mucha gente se reconfortó de poder bajarle de su pedestal y vengarse de sus imperdonables triunfos. Siempre tengo miedo cuando un gran hombre da, por una pequeñez, ocasión a la mediocridad de castigarlo por su grandeza. El actor dio pie para que la liga de los mediocres  disfrutara de la imagen de un ser como todos los demás, como ellos.
Pero no debemos confundir las palabrotas con la vulgaridad. El ideal para cualquier hombre inteligente sería mandar al prójimo al infierno. La vulgaridad la encontramos más bien en esa señora que le pregunta a su asistenta cómo ha roto el asa de una taza, como si fuera de interés científico saber qué método ha seguido. El componente tabú de las palabrotas es sin embargo muy útil. Permite significarse ante lo que no nos gusta o ante lo que nos gusta muchísimo. Sirve para insultar y, mejor todavía, para aliviarnos de una frustración. En 2009, el psicólogo inglés Richard Stephens propuso a dos grupos de personas que metieran su mano en agua helada. En el experimento, unos podían repetir una palabra neutra, que pudiera servir para definir una mesa, y los otros una palabrota. El resultado fue que los del segundo grupo mantuvieron su mano cuarenta segundos más y declararon no haber sentido mucho dolor. El motivo es que, cuando hablamos, el hemisferio izquierdo, el racional, se activa, pero cuando decimos “mierda” se pone en marcha el derecho, el de las emociones, así como la amígdala palatina, una alarma ancestral que genera endorfinas que nos permiten huir o pelear sin pensar. Stephens realizó el mismo experimento pero, en vez sumergir sus manos en agua helada, hizo pedalear a los dos equipos hasta el agotamiento. De nuevo, los que dijeron palabrotas obtuvieron mejores marcas. Conclusión: las palabrotas aumentan nuestra resistencia y nuestra fuerza. La liga de mediocres y muchos niños estarán encantados con esta noticia y realizarán sus tareas y tablas de ejercicios repitiendo “mierda” sin parar. Pero para que una palabrota siga siendo una palabrota debe seguir siendo tabú, y cuantas más palabrotas se digan, más se irán convirtiendo en palabras neutras. Ocurre lo mismo en la cocina, en la moda y en la vida de los ejecutivos: un condimento se echa de menos en una receta, pero su uso continuado repugna; una persona que le guste vestir siempre de manera llamativa pasará de atraer las miradas a suscitar comentarios condescendientes; el ejecutivo que acude a todas sus reuniones con un tranquilizante venderá su alma al demonio de la piedad química. Ninguno de ellos podrá sustraerse, por falta de medida, del infierno de la vulgaridad.

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